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Ya desde bien pequeña escribir era una necesidad. Mi primer cuento lo hice en horas de matemáticas, en la escuela. El profesor lo sabía, pero me dio por imposible y aceptó que me dedicara a escribir con tal de que dejara de molestar.

Mientras todos multiplicaban yo narraba mi historia, de hecho una historia que hablaba sobre aquel mismo profesor… ¡Un profe desgraciado se titulaba el cuento! El hombre, condescendientemente, resignado o lo que fuera que era, aceptó incluso que lo retratara en la escuela.

Escribí durante mucho tiempo, a mano y lápiz. Cuando tuve terminada la historia, para entonces tenía 13 años, escribí a la Editorial Cruïlla. ¡¡Ah!! Pero que ingenuidad más dulce… Lo bueno y lo entrañable es que me contestaron con una carta muy sensible en la que me decían que todavía debía aprender mucho, pero que no dejara de escribir.

Hoy la recupero con una sonrisa en la cara, también preguntándome ¿qué es lo que debía aprender?, ¿que el oficio de escritor es solitario, duro y en ocasiones penoso?

En fin, una no elige escribir, simplemente le pasa, lo necesita, lo hace sentir viva y vital, o como dice Paul Auster, es gente que no acaba de encajar en el mundo, que cree que a éste le falta algo.

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